16 de marzo de 2009

Ciclo Cosmogónico

KARLEM-SHENIK

...0 ANTES DE QUE NACIERA ELAL

En el principio de los tiempos nada existía: ni la luz, ni el Sol, ni el agua, ni la tierra. Únicamente reinaba una niebla oscura, fría y húmeda. Pero allá, muy lejos, donde ahora se une el cielo con el mar, vivía un Ser muy poderoso que existió siempre: Kóoch.

Kóoch pasó un largo período sin hacer nada, hasta que decidió terminar con su inactividad y dio comienzo a la creación.

Al sentir la terrible soledad que lo rodeaba, Kóoch se entregó al llanto inconsolable. Lloró durante muchísimo tiempo, tanto, que es imposible calcularlo. De las lágrimas que brotaban de sus ojos nació el mar primitivo, llamado Arrok. Ante el dolor de sus ojos y viendo que el agua seguía en constante aumento, hizo un esfuerzo y detuvo el llanto, dando un profundo suspiro. Nació entonces otro elemento de la naturaleza: Xóshem, el Viento.

Ya más calmado, situado en medio del agua y rodeado de oscuridad, Kóoch sintió un profundo deseo de contemplar lo que allí había. Se movió en el espacio, intentando en vano ver con claridad aquello; sus esfuerzos fueron inútiles, nada podía ver. Decidido a terminar con la Oscuridad, Kóoch alzó una mano, rasgando las tinieblas con sus dedos. En ese instante de eternidad, originó una chispa luminosa muy grande que siguió el movimiento de la mano que la creó. Esa chispa es Xáleshen, el Sol, que iluminó aquel fantástico escenario. Mientras el Sol despertaba a la vida, el Viento se encargaba de empujar a la Oscuridad hacia los confines del universo.

clip_image002El Sol creó a las Nubes, que flotaron sobre el mar.

El Viento se divertía con ellas, arrastrándolas a su antojo. Las Nubes protestaban con truenos y amenazantes relámpagos. Las protestas constantes de las Nubes hicieron que Kóoch ordenara los elementos de la naturaleza que actuaban en aquel mundo sin vida.

Entusiasmado por su creación, Kóoch hizo surgir del seno del mar primitivo un trozo de tierra que creció hasta convertirse en una isla muy grande, la que sirvió de lecho para cobijar a las aves, animales, insectos y peces que a partir de ese instante tuvieron vida y forma; Kóoch estaba satisfecho de su obra.

Para admirar aquella maravilla, el Sol irradiaba luz y calor; las Nubes llevaban la lluvia bendita y el Viento se dedicaba a crear los pastos.

Mientras la vida se desenvolvía en la isla legendaria, Kóoch comprendió que aún faltaba un elemento capaz de atenuar la oscuridad que la envolvía cuando el Sol se ocultaba para descansar. Entonces puso en el cielo a la Luna y la llamó Kéenyenkon. Luego dispuso que la Luna no supiera de la existencia del Sol y que este desconociera la de la Luna. Cuando uno se ocultaba aparecía el otro. Todo iba muy bien hasta que las Nubes decidieron contarle al Sol de la existencia de Kéenyenkon. Gracias a las Nubes que vagaban por el firmamento de noche y de día, el Sol y la Luna hablaron tanto entre sí que ambos astros no pudieron resistir la tentación de verse. A escondidas de Kóoch, el Sol apareció un día más temprano, cuando la Luna aún no se había retirado, y otra vez la Luna se asomó antes de que el Sol se hubiera hundido tras el horizonte. Tanto se acercaron el uno al otro que pronto juntos se ocultaron detrás de las montañas, desobedeciendo las órdenes de su Creador.

Kóoch sabía muy bien por qué no quería dejar su obra a merced de las Tinieblas ni un solo momento. Tons, la Oscuridad, estaba muy resentida con El por haber sido desplazada hacia los confines del universo. Ella, escondida en la Noche, acudía presurosa a envolver a la Isla con su manta fría y húmeda, mientras envidiosa contemplaba a los amantes del espacio infinito: la Luna y el Sol. Cuando aquellos se separaban, la Oscuridad se alejaba de la Isla y esperaba ansiosa la ocasión para unirse con su amante Shorr, el Tiempo. De sus amoríos fueron apareciendo los tres hijos de la Oscuridad: Axshem, Máip y Kélenken.

Entretanto, la vida en la Isla transcurría en una armonía perfecta; el Viento ya no corría a las Nubes, ni estas oscurecían al Sol para defenderse. Los amantes del cielo vivían su eterno romance.

 

II

TEO

LA NUBE QUE SE

CONVIRTIÓ EN MUJER

Tons, la Oscuridad, fue madre de los tres Malos Espíritus de la leyenda, y también de los HoZ-Gok: horrendos gigantes que atemorizaban a los animales habitantes de la Isla. Tons, apenas nacían sus hijos los abandonaba en las montañas; estas eran gigantes mujeres que nacían enfermas: algunas, de noche, escupían fuego y se estremecían cuando Kélenken se metía en ellas. De esta manera, llegaron a la Isla los primeros gigantes de la Oscuridad: Nóshtex y Gosye.

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Cuenta la leyenda que, por aquel entonces, las Nubes que rozaban las montañas se convertían en mujeres preciosas. Las Nubes desafiaban ese hechizo eludiendo los picachos y brincando por sobre las laderas.

Teo, una de esas Nubes, rendida por tanto juego, cierto día se recostó sobre una montaña y se durmió. Esta fue la oportunidad esperada por uno de los gigantes, Nóshtex, para raptar a la Nube dormida y llevarla a su caverna. Teo, ya convertida en mujer, permaneció cautiva durante tres días y tres noches.

Las demás Nubes descubrieron enseguida su ausencia.

En vano, la buscaron por las montañas y el firmamento: nadie sabía dar noticias sobre su destino. Seguras de que su hermana había desaparecido en algún lugar de la Isla, comenzaron a descargar terribles tormentas, causando gran temor y alarma entre los seres que allí vivían. Tres días duró la furia de las Nubes. Al cabo de esos tres días intervino el Sol para calmarlas y les preguntó el motivo de su tremendo enojo. Ellas respondieron que faltaba su hermana Tea y que había desaparecido estando en la Isla; sospechaban que alguno de los gigantes la había robado y la mantenía prisionera en las cavernas.

Como el Sol nada pudo averiguar esa tarde, luego de ocultarse en el horizonte, le informó a Kóoch lo sucedido, ya que las Nubes amenazaban con seguir maltratando a los habitantes de la Isla si no aparecía su hermana.

clip_image004Kóoch regresó de su hogar, al oriente del cielo, y al ver el penoso estado en que se encontraba su obra: los animales aterrados, los ríos desbordados, las aves mojadas y hambrientas, las rocas despeñadas, le prometió al Sol que si la Nube desaparecida tenía un hijo, este sería más poderoso que su padre. Ese mismo amanecer, el Sol les dio la noticia a las Nubes y estas, satisfechas por la promesa, llamaron al Viento y le contaron la novedad. Galopó veloz sobre sus propias ráfagas, hacia la Isla y desparramó la noticia entre los animales, las fieras y los pastizales.

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